Una piedra, un nombre, una persona: Mariano Escribano Valero

Por Paula Iglesias Bueno, Guadarrama, historiadora y escritora especializada en Estudios de Género

 

Mariano Escribano Valero, nacido el 8 de septiembre de 1901, natural y vecino de Majadahonda, fue uno de los miles de españoles y españolas que sufrieron el horror de los campos de concentración del nazismo y, posteriormente, el dolor del silencio al que fueron sometidos. El pasado 26 de septiembre de 2025, su municipio natal comenzaba a curar esa herida del olvido con la colocación de su Stolperstein.

La deportación al campo de concentración de Mauthausen, popularmente conocido como el «campo de los españoles», está registrada el 15 de agosto de 1942, donde permaneció hasta su traslado a Gusen en noviembre de ese mismo año. Este subcampo fue donde Mariano sufrió el grueso de su encierro, bajo el nº49283, hasta su liberación en mayo de 1945. En palabras de su tataranieto, sobrevivió «por valiente» hasta que lo salvaron.

Documento Mariano Escribano ValeroMariano Escribano Valero

Fuente: AROLSEN Archives (DocID: 1429958 y 1429957)

Mariano, carabinero del ejército republicano, estaba registrado como «político español», lo que equivaldría al triángulo rojo sobre el uniforme de preso. Además de jardinero y padre de 4 hijos: Soledad, Mariano, Vicente y César. Estos fueron fruto de su matrimonio con Victoria Casado, una mujer que, como recordaba la familia, tras pasar a Francia y hacerse cargo ella sola de los niños, se unió a la resistencia ayudando a pasar clandestinamente la frontera.

Para la mayoría de los miles de españoles y españolas que sufrieron el horror nazi y sobrevivieron, la liberación no fue sino un retorno al exilio que había comenzado en 1939. Sin patria a la que volver, Mariano se instaló en Venezuela desde 1948 hasta su fallecimiento en 1989.

Aunque él nunca volvió, su nieta recordaba en el homenaje que nunca dejó de llamarlo «mi pueblo», el cual por fin le da el honor y el lugar que merece. Majadahonda se suma así al proyecto de Gunter Demnig avalado por la UNESCO, que desde los años noventa se extiende por numerosos países europeos y que, poco a poco, va teniendo más presencia en España.

Al colocar estos «adoquines de memoria» en lugares públicos, la memoria pasa a formar parte del paisaje cotidiano de vecinos y vecinas. De esta manera, un paseo a la compra, al colegio o, en este caso, a la parroquia, puede convertirse en una oportunidad para hablar, preguntar, reflexionar y, sobre todo, para no olvidar.

Estas mismas propuestas fueron denegadas en Collado Villalba, Guadarrama o Alpedrete y, a pesar de que la comarca cuenta con decenas de víctimas del nazismo registradas, solo dos de ellas cuentan con una placa como esta. La pregunta que se debe plantear ahora es, tras esta moción presentada por Más Madrid-Izquierda Unida y aprobada por unanimidad, con presencia en el acto de todos los grupos municipales, ¿qué excusas tendrán en el resto de los municipios para no instalarlas? ¿Seguirán faltando al respeto tanto a las víctimas como a quienes proponen estos actos?

En definitiva, el Stolperstein del majariego Mariano Escribano Valero no es más que una muestra de lo necesario de la memoria y de cómo esta, a pesar de la tardanza y las barreras, se acaba abriendo paso.