Por Candela Crespi (Haro), graduada en Humanidades y Periodismo, analista sociocultural especializada en memoria.
Es injusto pensar que las zonas rurales son siempre espacios de violencia para las personas del colectivo LGTBIQ+. Es momento de reivindicar que en todos lugares existen y han existido posibilidades de resistencia.
Hay una serie de murmullos que sobrevuelan el regreso de ciertos cuerpos al pueblo cuando llevan ya un tiempo viviendo en la ciudad. Algunos provienen del cariño. Otros, no hay por donde blanquearlos. Las ropas, el pelo, cómo te mueves, quiénes son tus amigues o amantes… el caso es que no dejas indiferente a nadie. Y tengo que decir que, quitando algún importunado que se siente con derecho a mentar a mis carnes, el comentario estrella en mis vueltas de verano se congrega en un: “chica, cada día más de Madrid”. Una colaboración de humor y confianza que, admito, sigue haciendo escocer a mi orgullo provinciano.
Definir qué es lo queer es una tarea difícil de enmendar. Su traducción al castellano viene a significar raro o extraño. Pero como toda palabra comprometida a vida, y no hay duda de que ésta lo está, su sentido es mucho más complejo. A veces es un nombre al que se sobrevive, pero otras tantas es una palabra que se celebra, se comprende y por supuesto, se ama.
Suele pensarse como el concepto de resguardo para las sexualidades y expresiones de género disidentes. Y así es, pero no en exclusivo. Lo queer también congrega otras formas de criar, de convivir, habitar, de querer – en términos no necesariamente románticos-, de cuidar… Ante un posible; ‘vamos, que todo vale’, creo que los derroteros van por otro sitio. Lo preciado de la complejidad de lo queer es que no se trata de cantidades o cualidades, sino que apela a otros sentidos. Por lo menos desde mi caso, es un término que he ido aprendiendo en la experiencia. Cuando compruebas otras realidades, relaciones y cuerpos que de alguna forma te apelan.
Ahora que estamos aquí tú y yo, te diría que lo queer es un nosotres ancho y poblado. Una acogida.
Por eso me resulta tan curiosa esta aparente disonancia entre ser queer y vivir en un pueblo. Al final, creo que algunos de los discursos más potentes a nivel político de los últimos años provienen de entornos rurales. Y no me refiero tanto a los grupos políticos que cuentan con representación en las instituciones a día de hoy (sin pretender desmerecerlos), sino más bien a las iniciativas que se emprenden desde las propias calles, plazas, bares y comercios de los pueblos. Las que van surgiendo para atender a las necesidades del momento. Para cuidar de entornos, modos de producción, formas de habitar… En definitiva, las que se organizan de continuo para conservar, defender y posibilitar las vidas que merecen.
Entre lo queer y lo rural hay una hermosa coincidencia ya de base. Ambos movimientos se sostienen en demostrar que existen posibilidades.
Sin embargo, dentro de las biografías queer parece que la ciudad es una necesidad identitaria. Como refugio, espacio de descubrimiento, de expresión… Y claro que todo esto tiene su sentido, eso no voy a negarlo. Igual que no pretendo dejar de lado las violencias que muches niñes experimentan en sus infancias y adolescencias en entornos pequeños. A lo que quiero llegar más bien, es que no creo que estas violencias sean un patrimonio exclusivo de las zonas rurales. La ciudad también hiere. Y en esos casos, ¿hacia dónde se puede enmendar el sexilio?
El teórico queer Jack Halberstam habla de ‘metronormatividad’ para referirse a ese imaginario compartido por el que el pueblo significa lo estanco, aburrido y terco, mientras la ciudad se queda con el monopolio de libertad, diversidad y experiencia. Y si algo sabemos desde lo queer es que lo binario, como sistema que organiza y piensa por contrarios, nos es muy poco favorable. Ni todo, siempre. Ni nunca, nada.
No es una mera cuestión de estrategia, yo diría más bien que de humildad y reconocimiento. No nos estamos inventando nada nuevo. Por suerte, siempre han existido disidencias en todos los lugares. Hace unos meses escuchaba hablar a la autora Rocío Lanchares en una mesa redonda sobre ‘Memoria y Resistencia Queer’ de que lo que caracteriza a nuestras miradas es la sensibilidad para buscar, y encontrar. Para comprender huecos vacíos, historias a medias… Amigues, también existe el folclore marica, trans, bisexual y bollero. No solo hemos habitado las ciudades, sino que hemos poblado el mundo.
Y no hace falta remontarse atrás en el tiempo. Ahora que os escribo enfrente de una ventana desde la que se ve mi pueblo, pienso en el chaval de mi instituto que se pintaba los labios para ir a clase, en la persona no binaria que en la E.S.O se cambió los pronombres en Instagram cuando yo ni siquiera sabía lo que significaba, en mujeres de espaldas grandes por trabajar con la tierra… Aquí comenzó mi bibliografía queer. Y desde aquí sigo tomando citas.
En el mundo de la academia se suele tratar muy a menudo la cuestión de la alteridad, del otro, sin embargo, creo que es momento de que empecemos a reivindicar que aquello diferente a la norma no es otredad sino alternativa. Lo rural no es lo contrario a lo urbano ni lo queer a lo heterosexual. Son su propio mundo, con sus historias, tradiciones, entendimientos y sentires.
