Por Verónica Espinosa Juan, gestora cultural especializada en literatura y artes textiles.
Cada verano, los incendios forestales nos devuelven la imagen más cruda de la crisis climática: montes arrasados, pueblos amenazados y ecosistemas enteros reducidos a ceniza. Ante ese paisaje de devastación, surge la pregunta de qué papel jugamos en esta emergencia y de cómo nuestras decisiones cotidianas —incluso las que parecen más inocentes, como la ropa que vestimos— están conectadas con esos fuegos. La industria textil, una de las más contaminantes del mundo, consume agua, energía y recursos a un ritmo insostenible. En medio de esta realidad, mirar hacia materiales como la lana, ligada históricamente a nuestros territorios y a las prácticas ganaderas extensivas, abre la posibilidad de imaginar alternativas más sostenibles.
Recientemente visité la sede de Paisanaje, un grupo de exploración y acción que aborda la crisis ecosocial desde el arte. Su propósito es claro y hermoso: abrir en la ciudad un espacio de reconexión y cuidado con el medio rural, poniendo el acento en la comunidad y en el reaprendizaje de las formas de hacer tradicionales y pausadas frente a la industria capitalista. Allí conocí a Amelie que, mientras nos abría las puertas del espacio y compartía con nosotras las acciones que realizan, dijo una frase que se me quedó grabada: “ante los incendios, jerseys de lana”. Desde entonces, no he dejado de darle vueltas a todo lo que estas palabras encierran: a los materiales que nos acompañan, a cómo la industria textil contribuye a la crisis climática y a la urgencia de repensar nuestras elecciones de consumo para evitar catástrofes naturales como los incendios vividos este verano en diferentes zonas del país.
Según datos de la Unión Europea, el consumo textil de cada habitante europeo requiere cada año de 400 metros cuadrados de suelo, 9000 litros de agua dulce y 391 kilos de materias primas, lo que supone una huella de carbono de unos 270 kilos de CO₂ por persona. La intensidad de las emisiones de la industria textil es tal que supera a la de todos los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinados. ¿Se intuye ahora la conexión entre los incendios y la ropa que utilizamos?
En este artículo me interesa detenerme en la lana como alternativa a las fibras sintéticas: un material resistente, biodegradable y, además, naturalmente ignífugo. En la Comunidad de Madrid, proyectos como la recuperación de la oveja negra colmenareña o los talleres artesanales que exploran la utilización de tintes vegetales, nos recuerdan que existen otras formas de producir y vestir con un impacto mucho menor para nuestro planeta. Hablar de lana es hablar de economía circular, del cuidado de los ecosistemas y de vínculos que se resisten a la lógica desechable del fast fashion. Y, más allá de la ropa, la lana encuentra hoy nuevos usos agroecológicos: se utiliza en el campo como acolchado natural, actuando como barrera contra hierbas, regulando la humedad y protegiendo cultivos o repoblaciones sin necesidad de herbicidas ni maquinaria. De este modo, la lana que no tiene salida en el mercado textil se convierte en una herramienta que ayuda a prevenir incendios, mejorar los suelos y cerrar ciclos locales de aprovechamiento.
Por supuesto, la acción individual de llevar a cabo un consumo más consciente no es suficiente si no va acompañada de una acción colectiva que ponga el cuidado del medio ambiente en el centro. No basta con elegir mejor qué compramos si, al mismo tiempo, faltan bomberos, se recortan recursos en prevención o seguimos sin una planificación territorial adecuada que aborde el abandono rural y la gestión sostenible de nuestros bosques y pastos.
Urge buscar un modelo de vida más conectado al territorio y al trabajo de quienes lo cuidan para que aquella frase de Amelie cobre todo su sentido. “Ante los incendios, jerseys de lana” no es solo una imagen poética, sino un recordatorio de que otra forma de habitar y de vestir es posible, una que no se base en la explotación de recursos y personas, sino en la cooperación y la justicia ecosocial.
Fuentes recomendadas:

