Por Franca Ferrari, Licenciada en Relaciones Internacionales y Magister en Migration Studies (UPF). Especializada en comunicación humanitaria.
La fotografía de portada es una lámina ilustrada por Ana Penyas en apoyo a las jornaleras de Huelva.
Vivo en Madrid, una ciudad de acentos, orígenes y colores. Mujeres migrantes como yo formamos parte de su vida cotidiana: trabajamos, criamos, cuidamos, aportamos. Pero cuando miro cómo los medios de comunicación nos representan, la realidad desaparece. En su lugar, veo una narrativa donde la migración es tratada como un problema, y las mujeres migrantes apenas existimos. Somos invisibles, estereotipadas y silenciadas, como si esa misma ciudad que camino cada día no existiera. Como si nosotras no estuviéramos aquí. Como si no fuéramos parte.
Mi rutina está marcada por la diversidad que me rodea. Me levanto y compro el pan en el supermercado de la esquina. Me lo entrega Laura, colombiana de Medellín, que con su acento marcado me desea un bonito día. Tomo la línea 6 del metro para ir al trabajo. Como subo en Alto Extremadura, suele ir vacío, y casi siempre coincido con las mismas personas. Ya reconozco al pequeño Marcelo y a su madre, Teresa. Hoy practica una presentación sobre su país de origen: Guinea Ecuatorial. Sé que Teresa es enfermera, lo indica su uniforme. Llego a la oficina y saludo a mi compañera Elena, de Rumanía, responsable de recursos humanos. Al salir del trabajo, tomo un café con Alexia y Laura, periodistas chilena y mexicana respectivamente. Y así sigue mi día. Como el de tantas otras personas que habitamos esta ciudad: rodeados de acentos, colores y diversidad.
Pero abro el periódico, las redes sociales o enciendo la televisión, y lo único que encuentro es la migración tratada como un problema. Como si esa misma ciudad que camino cada día no existiera. Como si nosotras no estuviéramos aquí. Como si no fuéramos parte.
¿En qué momento nos convertimos en un “fenómeno”?
Como mujer migrante, siento que mi historia —y la de muchas otras— no tiene el espacio que merece. No me refiero solo a mi experiencia personal, sino a la de todas esas mujeres que, como yo, llegamos buscando una vida mejor y rara vez somos escuchadas o representadas con justicia.
Cuando le pido a alguien que imagine a una persona migrante, lo más probable es que piense en un hombre: tal vez africano, quizás en una patera, saltando una valla o cruzando una frontera. Es una imagen repetida hasta el cansancio en los titulares sensacionalistas: “El drama de la migración”, “Los migrantes colapsan la sanidad”, “los indocumentados”, “los sinpapeles”, “los ilegales”. Titulares en los que no solo se nos deshumaniza, sino que se reduce la migración a un único relato: el de la tragedia, el peligro, el riesgo.
¿Y las mujeres? Somos invisibles, una vez más.
Aunque representamos la mitad de la población migrante, rara vez somos el foco. Y cuando lo somos, la mirada que se posa sobre nosotras es incompleta, estereotipada. Se nos retrata como víctimas indefensas, madres desamparadas, sin voz ni poder. Esa visión nos encierra en un papel pasivo, negando nuestra agencia, nuestros sueños, nuestras decisiones, como si nuestras vidas pudieran reducirse a un solo relato: el de la madre desesperada que depende de la ayuda externa. Pero nuestras historias son tan diversas y complejas como las de cualquier otra persona.
Los medios casi nunca nos muestran como mujeres fuertes, resilientes, con proyectos y aspiraciones. Y esa omisión no es neutra: perpetúa una imagen limitada y limitante. Al reducirnos a víctimas, se nos niega también la posibilidad de ser vistas como agentes de cambio.
Lo más frustrante es que, pese a nuestra participación en los procesos migratorios, seguimos siendo ignoradas como sujetas políticas y sociales. Nuestra presencia, nuestras voces, nuestras contribuciones cotidianas a esta ciudad —una ciudad de migrantes— son sistemáticamente negadas. Y esa negación no es inocente: alimenta la idea de que no aportamos y, por tanto, que no merecemos. Una lógica que, sin decirlo, refuerza barreras, limita derechos y perpetúa desigualdades.
Actuamos en red(es)
Muchas hemos tomado el control de nuestras propias historias. Creamos espacios para contar lo que vivimos, para desmontar estereotipos y para mostrar todo lo que somos. Dejamos de ser solo “casos” y empezamos a ser autoras de nuestros propios relatos.
Las redes sociales —que tantas veces refuerzan prejuicios— son también un espacio que disputamos. A través del activismo digital ejercemos resistencia. No solo contamos nuestras historias, sino que también acompañamos a otras: compartimos información, desmontamos desinformaciones y tejemos redes para afrontar juntas las barreras burocráticas, económicas y sociales.
Frente al discurso reduccionista, traemos matices. Frente al silencio, levantamos la voz, una y otra vez. Ya no esperamos a que los medios nos den espacio: lo estamos construyendo por nuestra cuenta, con nuestras palabras, con nuestras imágenes.
El camino no es fácil, pero cada vez hay más conciencia de que es urgente cambiar la forma en que se nos representa. Los medios tienen la responsabilidad de reflejar nuestra diversidad, no solo nuestros sufrimientos. De reconocer nuestras voces, nuestras luchas y, sobre todo, nuestra agencia.
Madrid siempre ha sido una ciudad de migrantes: primero con quienes llegaron desde otras regiones del país, y hoy con personas de todos los rincones del mundo. Ya es hora de contar toda su historia: la de quienes la habitamos, la construimos y la sostenemos cada día.
