El cambio climático ya está aquí ¿Qué podemos ganar aceptándolo?

Por Fernando Valladares, profesor de investigación en el CSIC y profesor de Ecología en la URJC.

 

Muchos nos ufanamos en cuestionar la evidencia científica que apunta a que la atmósfera está más caliente que nunca, y destinamos algunos esfuerzos en cuestionar también si algo tan global ha podido ser efecto de las actividades humanas. Poca gente destina esfuerzos equivalentes a cuestionar el diagnóstico de un médico, por muy adverso que sea y por muy compleja y rara que sea la enfermedad que nos diagnostiquen. Si en algo ha fallado la ciencia es, no ya en los detalles y en todas las consecuencias de este calentamiento de origen humano, sino en explicar todo lo que podemos ganar si lo entendemos, lo contrarrestamos y nos adaptamos a lo que es ineludible en el corto plazo. 

Por incómoda que sea la realidad climática, los 9 años más cálidos desde que tenemos registro instrumental fiable (finales del siglo XIX) corresponden a los últimos 9 años, y en julio de 2024 se completó una serie de doce meses consecutivos batiendo récords absolutos de temperatura. Las consecuencias son múltiples. Consecuencias humanitarias: decenas de millones de personas mueren anualmente debido al cambio climático. Consecuencias sanitarias: la mitad de todas las enfermedades infecciosas conocidas se ven amplificadas por el cambio climático. Consecuencias económicas: en dos décadas, y sólo en Estados Unidos, se ha pasado de 5 a más de 25 eventos climáticos extremos que causan todos los años daños por encima de los mil millones de euros. Consecuencias geopolíticas: centenares de conflictos diplomáticos y bélicos se disparan cada año por falta de agua y movimientos de población disparados por el cambio climático. Y, por supuesto, consecuencias ambientales: los principales ecosistemas de la tierra, como la gran barrera de arrecifes de coral, el bosque amazónico y los suelos congelados de la tundra están mostrando síntomas de decaimiento y degradación debido al cambio climático. 

Esta degradación ambiental, al igual que la mayoría de los impactos de la crisis climática, acelera el propio cambio climático dando lugar a un más que preocupante círculo vicioso que no cuenta con mecanismos claros de regulación. Por ejemplo, la fusión por el calentamiento global de los suelos helados de la tundra libera gases de efecto invernadero que estaban atrapados en el hielo, acelerando el cambio climático que, a su vez, acelera la fusión de estos suelos habitualmente congelados. Otro ejemplo aún más evidente es que la pérdida de biodiversidad producida por el cambio climático hace que muchos ecosistemas pierdan su capacidad de contrarrestar las emisiones de gases de efecto invernadero y los impactos de los eventos climáticos extremos.

¿No será el cambio climático algo natural? La respuesta es tan clara como breve: no. Es imposible reconstruir la evolución de los parámetros climáticos durante los últimos 130 años sin incluir el impacto en las temperaturas de los gases de efecto invernadero generados por la quema de combustibles fósiles. Los procesos naturales que afectan el clima son básicamente las variaciones orbitales (ciclos de Milankovitch, que tienen que ver con cambios en la inclinación de la Tierra y en su órbita sobre el Sol, y que operan en el rango de varios a muchos miles de años); los cambios en la actividad solar, que operan principalmente en el rango de una década durante la cual se pasa por un mínimo y un máximo de actividad solar; y la actividad volcánica, mucho más errática en el tiempo y muy variable en cuanto a su efecto en el clima, ya que algunos volcanes como el Tambora enfrían -al predominar la emisión de aerosoles que reflejan la radiación solar-, mientras que otros como el Tonga calientan -al predominar la emisión de gases de efecto invernadero-. 

Mitigar el cambio climático requiere reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto no significa que tengamos que reducir el número de personas y de actividades humanas en el planeta, significa que tenemos que reducir la huella de gases de efecto invernadero per cápita, lo que nos lleva a cuestionarnos el modelo socioeconómico.  

El cambio climático es el resultado de haber convertido la necesidad humana de energía en un negocio. Un negocio sin apenas límites y reglas que ha llevado a una producción y consumo de energía en el norte global tres veces superior al necesario para estar sanos y felices en Europa, y más de cinco veces en el caso de países como Estados Unidos. Un negocio que nos ha empobrecido a todos y que ya no podemos mantener: sencillamente no hay dinero para hacer frente a todos los impactos económicos de los eventos climáticos extremos, unos eventos que no paran de crecer en frecuencia e intensidad. 

El cambio climático es mucho más que el clima, resulta de disfunciones diversas de una sociedad que, básicamente, no cumple con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que se prometió a si misma cumplir. Por este motivo el cambio climático representa, en realidad, una oportunidad para cambiar muchas cosas, precisamente muchas de esas cosas que interfieren con el auténtico progreso, como la desigualdad,  el sufrimiento y las muertes evitables.  Cosas que empiezan por nuestra relación con la naturaleza y acaban por la relación con nosotros mismos. Alterando el orden de prioridades aceptado tácitamente por todos, la ciencia revela que habría sitio para todos en el planeta. Y, lo que es aún mejor, que podríamos ser mucho más sanos y felices de lo que actualmente somos, tanto en el sur como en el norte global. Afrontar y pilotar el cambio de rumbo de una civilización que se dirige al abismo, sin querer aceptarlo del todo, no es nada fácil. Pero numerosos informes, resultados científicos y ejemplos puntuales demuestran que es posible. Quizá, si aceptamos la realidad climática, sus causas y sus consecuencias, y, sobre todo, si entendemos que la mayoría de los cambios necesarios para minimizar el colapso al que nos dirigimos se alinean con una prosperidad genuina, encontremos la motivación necesaria para afrontar lo que muchos consideramos el mayor desafío de la humanidad.