Por Miriam Jiménez Lastra, miembro de Ideas en Guerra, socióloga y politóloga
Las redes sociales llegaron hace más de veinte años para revolucionar nuestras vidas, nuestra manera de relacionarnos, la forma en la que nos presentamos al mundo e incluso los lugares en los que buscar el amor. Pero, ¿cómo han impactado en la política? Y lo más importante ¿cuáles son las tareas pendientes del progresismo respecto al entorno digital?
¿Os acordáis cuando hablábamos de que las redes sociales suponían cámaras de eco? Con este concepto se pretendía explicar que los algoritmos provocan que sólo aparezca contenido relacionado con aquello que más nos gusta, que más tiempo nos mantenemos consumiendo o que más compartimos. A esto se le conoce como engagement, que podemos resumir de manera muy coloquial como el arte de enganchar. A través del engagement, las personas dedicadas a crear contenido generan sus propias comunidades; bien en Youtube, en Instagram, en Facebook o cualquier otra red social. Pero ahora, las normas han cambiado.
De los creadores del engagement llega: el enragement. Cuando pulsas al corazón en tartas de limón o retwitteas videos de Operación Triunfo, te seguirán apareciendo cada vez más tartas de limón y cada vez más videos de Operación Triunfo. Pero esto ya no sucede sólo así si nos adentramos en el universo del contenido político digital.
El enragement, cuya definición hace referencia a hacer enfadar a alguien, se contrapone al concepto anterior al mostrar cómo funciona una parte importante de los algoritmos que manejan el contenido político de internet.
Es probable que al abrir la red social X (antes Twitter) en el time line hayas encontrado en algún momento algún tweet de una opinión completamente contraria a la tuya y de repente te hayas descubierto queriendo citarlo respondiendo con odio o agresividad. Es probable que haciendo scroll en Tik Tok te hayas cruzado con un video de alguien dando una opinión política totalmente opuesta a la tuya y en cuestión de segundos hayas ido corriendo a escribir tu reacción en la sección de comentarios.
¿Por qué ha ocurrido esto? Porque las empresas que manejan estos espacios han descubierto que el odio mueve más que el amor, o dicho de otra manera, que el odio monetiza más que el amor.
Cuando algo nos gusta, aunque hayamos consumido en repetidos momentos ese contenido, no hacemos llegar que nos gusta. En cambio, cuando algo no nos gusta, o incluso peor, nos genera una desagradable sensación de rechazo, nos vemos movidos a involucrarnos. Por lo tanto, las empresas como Meta o Tik Tok han descubierto que pasamos más tiempo de nuestras vidas en sus plataformas a través del enragement que del engagement.
Mientras que antes socializábamos principalmente en las plazas, ahora las redes sociales son un espacio de socialización más donde la gente se relaciona, se enamora o simplemente mantiene contacto, sólo que de manera online, ¿qué ha cambiado? Que mientras nuestras relaciones están atravesadas por constructos sociales, prejuicios o creencias culturales, en las redes sociales debemos sumarle a todo ello los algoritmos.
No todo va a ser negativo. Internet es una oportunidad brillante para que las personas de clase trabajadora de todo el mundo puedan mantenerse interconectadas, puedan acceder democráticamente a la información e incluso puedan sentirse reconocidas en los problemas de personas trabajadoras de otra parte del mundo. Además, las redes sociales son espacios donde la gente se informa sobre política. Observamos que para muchas personas Tik Tok resulta un buscador de noticias, como para otras generaciones lo podría ser Google. Por todo ello, hay buenas razones para estar en las redes a pesar de que a veces puedan ser un territorio hostil.
El primer paso para contrarrestar estos efectos del algoritmo, sería desterrar el infantilismo que en algunos ámbitos se sigue sosteniendo respecto a las redes sociales. En Tik Tok hay mucho más que adolescentes bailando o señores hablando de criptomonedas. La Moncloa lo tiene claro, por eso, no es que la propia Moncloa tenga cuenta en Tik Tok, que la tiene, es que Félix Bolaños y Pedro Sánchez, ambos, ya tienen cuentas de Tik Tok profesionalizadas. La extrema derecha también tiene clara la importancia de estar en las redes sociales. Tanto es así que con una cuenta de Telegram, “Se Acabó la Fiesta” consiguió casi un millón de votos y tres diputados en las últimas elecciones europeas.
La izquierda progresista no lo tiene fácil. Las empresas que dirigen las principales plataformas que conocemos como redes sociales tienen intereses espurios, y sus algoritmos cuentan con sesgos y valores conservadores. Por ello, debemos ser más creativos que nunca.
Por suerte ya tenemos referentes que nos marcan el camino sobre cómo debemos hacerlo. Zohran Mandani, flamante alcalde de Nueva York es un gran ejemplo. Con sus videos recuperando la estética neoyorkina de los ’80, donde no sabemos si se trata de un artista de trap o un político reconocido, Zhoran ha conseguido revolucionar la comunicación política estadounidense. Otro ejemplo es Zack Polanski, miembro de la asamblea de Londres representando a los verdes. Su campaña paseando por un barrio común británico, hablando directamente a cámara de los problemas que tienen la mayoría de las personas y lo más importante, planteando soluciones de manera cercana y apasionada, ha conseguido viralizarse llegando a una gran cantidad de personas.
Estas referencias nos marcan el camino. Por eso urge pasar del enfado a la propuesta. Habitar las redes desde lo que queremos construir y no solo desde lo que queremos desmontar tiene un impacto real. No debemos resignarnos a un papel meramente reactivo. En este contexto, se hace imprescindible pasar de una presencia reactiva a una presencia propositiva. Las narrativas no sólo se disputan respondiendo al adversario, sino también creando relatos propios que activen emociones distintas al enfado. Ese impacto no siempre es visible al momento, pero va moldeando el clima político, la forma en la que se entienden los problemas y, sobre todo, la forma en la que se imaginan las soluciones.
Las redes sociales y la creación de contenido político no puede ser una tarea pendiente para los partidos u organizaciones políticas que tienen como objetivo impactar en la ciudadanía. Por ello, estas deben contar con profesionales de la comunicación digital que conecten de nuevo con la gente, que lleguen a cualquier rincón a través de un móvil, que apuesten por la frescura, la creatividad y la innovación. Y lo más importante, que refiriéndonos a la confianza de la ciudadanía en las instituciones políticas tradicionales, podamos sustituir el enragement por engagement.
