Política para un nuevo horizonte

Por Letizia Bisignano, torresana y abogada procesalista

 

Dos de mis bisabuelos se opusieron activamente a las dictaduras de Mussolini y Franco y fueron represaliados por ello. He nacido y crecido en el seno de dos familias profundamente antifascistas, mi formación ha transcurrido completamente en escuelas y universidades públicas, laicas y humanistas. Soy idealista y progresista, seguramente por genética pero, antes que eso (y antes que nada), creo en la política. No es una cosa que hoy en día esté bien vista: actualmente, a los ojos de la mayoría, la palabra «política» aparece terriblemente gastada. 

Pero no siempre ha sido así: a lo largo de la historia, la política siempre ha estado en el centro de las actividades de los seres humanos, determinando sus condiciones de vida y dirigiendo su camino tanto como ha influido en su porvenir.

Según el mito contado por Platón, Prometeo perpetró el robo sacrílego del fuego y de los «conocimientos técnicos» a Hefesto y Atenea y se los entregó a la humanidad para que tuviera todo lo necesario para protegerse de los ataques de las fieras y sobrevivir. Pero los hombres seguían siendo vulnerables, eran atacados y morían. Esto sucedía, continua Platón, porque aún no poseían el arte de la política (politiké téchne). El mito concluye con la intervención extraordinaria de Zeus, quien dota a los hombres de modestia y justicia, permitiéndoles reunirse y fundar ciudades. 

Nace así la polis, nace así la política. 

Para los griegos la ciudad era un espacio seguro, ordenado y tranquilo donde los seres humanos podían dedicarse a la búsqueda de la felicidad. El político, con modestia y justicia, era quien se ocupaba de este espacio. Su vocación (que es la mía) era la de servir a la felicidad de los habitantes de la ciudad. 

¿Cómo transmitir hoy este concepto y hacer que las personas vuelvan a confiar en la política si lo que hay es desapego, decepción, cuando no rechazo y hostilidad hacia ella? 

Como condición de necesidad, los nuevos políticos si quieren ser creíbles:

  • Tienen caras nuevas, se distinguen a primera vista de los políticos de profesión “de toda la vida”;
  • Consideran la política institucional como un servicio que dura un periodo limitado de tiempo;
  • Son transparentes con sus ingresos y con su patrimonio, y no pierden ocasión para comunicarlo;
  • No entran al barro: nunca dicen “y tú más”;
  • Son transversales: empáticos incluso con los adversarios de ayer (“estoy aquí para cuidarte, aunque no nos hayas votado nunca”);
  • Tienen un sólido anclaje a la sociedad (“yo sé lo que significa ir a comprar al Mercadona”);
  • Son sensibles a las temáticas de género, trabajan para el feminismo del 99%, para la ampliación y el blindaje de los derechos conquistados, aun no perteneciendo personalmente a minorías.

Los embriones de esa nueva generación de políticas y políticos han de nacer en lo más pequeño: en los barrios y en los pueblos, lugares que forjan lazos básicos e indispensables entre las personas, que crean y tejen comunidad. Es en estos lugares, los más parecidos a la polis griega, donde resulta imprescindible estar y hacer.

Estar, porque es en nuestro núcleo de vida más cercano donde desarrollamos lo que nos hace seres sociales: en el pueblo o en el barrio, además de ser donde habitamos, es donde tenemos nuestros colegios; nuestros centros de salud; nuestros comercios;  nuestro ocio… todas aquellas cosas que necesitamos para vivir y que, para vivir mejor, necesitamos que, además, estén presentes y funcionen bien.

Hacer, porque es aquí, en lo micro, donde tenemos la capacidad de intervenir de manera más fácil, más directa, más palpable: es a través de nuestra acción directa sobre “las cosas del comer” que podremos devolver a nuestros vecinos y vecinas la confianza en la política.

La gran labor que nos toca desempeñar a todos aquellos que de una manera u otra estamos en política es justamente trabajar en lo cercano para devolver a nuestros vecinos la confianza en que la estructura a su alrededor no solo funciona, si no que vela por ellos y ellas. Lo tenemos que hacer desde la escucha, la empatía, la asertividad y desde ese sentimiento de tribu que parece haberse diluido en la inercia de las grandes metrópolis. 

A los políticos nos toca ser humildes, el “rechazo a los indiferentes” gramsciano ya no vale, debemos abordar esta labor desde la conciencia de que el creciente desapego entre vecinos (ciudadanos) e instituciones no es sólo atribuible al cualunquismo, al desinterés o a la protesta más o menos consciente contra una clase política considerada inadecuada y/o corrupta. Tenemos que ser conscientes de que ese desapego es indicativo de algo mucho más grave que una expresión pasajera de cansancio democrático: proviene de una pérdida radical de fe en la democracia como vehículo de cambio social y emancipación.

Valentina Pazé, Profesora asociada de Filosofía política de la Universitá di Torino, describe este problema en un reciente ensayo titulado “Cittadini senza política. Política senza cittadini” (Ciudadanos sin política. Política sin ciudadanos). Preguntándose sobre el origen del desapego, Pazé aborda dos hipótesis distintas. 

En la primera -ciudadanos sin política- (y bajo la perspectiva de Benjamin Constant según la cual la falta de tiempo y de interés por aquello que parece no incidir en modo alguno sobre nuestra existencia nos acaba convirtiendo en consumidores y no en ciudadanos-, Pazé se pregunta si en la elección entre una participación activa en lo colectivo y el goce pacífico de nuestra esfera privada, habremos elegido lo segundo. No obstante, continúa Pazé, basta con un somero estudio del perfil típico de quien hoy no acude a votar para entender que no se trata del clásico individualista, del sujeto típicamente satisfecho a quien no le interesa otra cosa más que cuidar de sí mismo y de lo que ya tiene. 

Desechada la anterior teoría, la que cobra importancia es la segunda, la de la política sin ciudadanos, que indica que ha sido la política la que se ha retirado y alejado de la mirada y el asidero de la gente corriente y de sus necesidades básicas, de las “cosas del comer”.

Así, si Platón hablaba de la politiké téchne entregada a los hombres por “intervención divina”, Toqueville hablaba de la libertad entregada a los hombres a través de la política, y de la política local en particular. Y es que para Tocqueville, los ciudadanos se involucran más en los asuntos próximos y cotidianos que en las grandes cuestiones de ámbito nacional. Es en el municipio, en el pueblo y en el barrio donde el individuo empieza a sentirse vecino, ciudadano. El individuo, puesto solo ante toda la Nación, se siente abrumado, se ve pequeño frente a un Estado muy grande; no entiende que pueda haber entre ambos algún tipo de sinergia o de comunidad de intereses.

En ámbitos reducidos, en cambio, las personas se sienten ciudadanas con mayor facilidad. Los asuntos comunes los sienten como suyos con mayor rapidez y naturalidad, y su participación en ellos es más directa y efectiva. Es aquí, además, donde se adquiere el hábito y el gusto por la participación política y con ellos, el afán por defender y ampliar la justicia social y climática, requisitos indispensables para gozar de las libertades civiles.

Siendo torresana de adopción, no puedo dejar de citar el ejemplo paradigmático de la fuerza vecinal que logró transformar la realidad de Torrelodones en defensa de la justicia ambiental y climática. Allá por el 2006, una asociación de vecinos sin ninguna vinculación política previa llamada Torrenat, consiguió parar el proyecto de urbanización y desprotección de un bosque de 128 hectáreas en el Área Homogénea Norte de la localidad de Torrelodones, entonces gobernada por el PP, y que pretendía la construcción de 1.536 viviendas, un campo de golf y un hotel. Ni más ni menos. Los logros y el desarrollo de Torrenat, y su transformación en uno de los partidos locales de mayor trascendencia en los municipios de Madrid, son historia.

Muy recientemente en Alcorcón, el nuevo Ayuntamiento progresista ha impulsado a través de la Concejalía de Transición Ecológica la primera Comunidad Energética local de pymes y autónomos, una iniciativa que supondrá un ahorro de hasta el 50% en las facturas de la luz a los que se sumen a la comunidad: no hará falta ser empresario, tener una vivienda en propiedad o un tejado con espacio disponible para la instalación de placas solares, bastará con tener el deseo de unirse a este nuevo modelo de energía 100% renovable para ayudar a construir una ciudad más sostenible y más justa climáticamente.

Entre los años 2015 y 2018, desde el área de Bienestar social de Móstoles, formado entonces por una coalición de fuerzas progresistas, se puso en marcha el programa piloto “Hábitat” que sirvió para sacar de la calle a personas en situación de sinhogarismo: se subvencionaron 10 viviendas para 10 personas, permitiéndoles vivir de manera autónoma (con apoyo externo conveniado con distintas fundaciones y asociaciones sin ánimo de lucro). De la misma manera se puso en marcha un centro de emergencia tanto diurna como nocturna con 30 plazas para pernoctación, comida, duchas y lavandería que daba servicio desde octubre hasta abril; hasta entonces solo se habilitaba un espacio municipal para pernoctar durante la “campaña de frío”. En España hay más de 28.500 personas sin hogar, según datos del INE de 2022. No parece justo olvidarnos de ellos. Por suerte, no todos los políticos lo hacen.

Por suerte también, aun en este contexto de crisis de lo colectivo en el que vivimos, seguimos encontrando en lo local ejemplos de defensa de la Memoria y de lucha por la Libertad y las Libertades. Alpedrete es un claro ejemplo de ello. El pasado mes de mayo, el pueblo del municipio, fundido de la manera más orgánica con las organizaciones políticas progresistas, logró rectificar la decisión tomada por el Ayuntamiento de retirar los nombres de los actores Paco Rabal y Asunción Balaguer de la plaza y Casa de la Cultura.

El de Alpedrete es un esperanzador ejemplo de que la sociedad civil organizada (confluya o no en partidos políticos) tiene el poder de salvaguardar la memoria y de proteger nuestras ágoras.

Aunque hay muchos ejemplos de políticas concretas al servicio de la comunidad, de la defensa de la justicia social y ambiental, y del pleno ejercicio de las libertades, no es fácil convencer de las virtudes de la buena política, sobre todo cuando cada vez son más los que quieren contaminarla, por eso más que nunca nos tenemos que esforzar para devolver la dignidad a la política, especialmente allí donde la gente ha dejado de votar.

Debemos ir a los lugares donde la gente no vota, con humildad, para escuchar los porqués pero al mismo tiempo para dejar claro que si no crees en la política y no votas, la mala política decidirá por ti. No debemos olvidar que la herida a la democracia que representa la abstención se ha ensanchado. Todos debemos tener este hecho en la cabeza como un clavo fijo. Necesitamos políticos que miren más a la próxima generación que a las próximas elecciones o a las encuestas de los próximos días; que se miren hacia dentro, con autocrítica y con la determinación de construir en beneficio de todos y todas.

Porque ya lo dijo la poetisa alemana Marie Louise Kraschnitz: “Es más fácil destruir que construir pero, si no construimos hoy, lo tendremos que hacer mañana a partir de las ruinas”.