Escrito por Miriam Kayoua El Ouaazizi, ganadora de la Categoría Joven del concurso Tras las huellas de la comarca
Rahma caminaba despacio por la calle Real de Collado Mediano, con el paso corto y el cuerpo ligeramente encorvado, como si cada año vivido sobre su piel la empujara un poco más hacia la tierra. En su mano derecha, el bastón de madera de olivo la acompañaba con el compás de un corazón cansado pero sereno. Al fondo, el aire frío de la sierra traía el sonido de las campanas de San Ildefonso y, con ellas, los ecos de mil historias: las del pueblo, las suyas y las que se entrelazaban sin que nadie supiera distinguir las raíces de unas y otras. El otoño sacaba a relucir el color de los pocos pinos que se veían en el ya desabastecido Cerro del Castillo; dotándolos de un verde oscuro, casi solemne, que contrastaba con las tejas rojizas de algunas casas sobre las que temblaba una luz dorada. Rahma solía decir que ese resplandor, cuando el sol se ponía detrás de Guadarrama, tenía el mismo color que el pan recién hecho en su infancia: un dorado tibio, casi sagrado.
Había llegado desde Tetuán muchos años atrás, cuando sus hijos eran aún niños y la palabra “futuro” pesaba menos que la palabra “hambre”. Recordaba el barco, la primera nevada y el acento madrileño que la confundía más que el idioma mismo. Pero había algo en Collado Mediano, un rumor de vida sencilla, de campo y vecindad, que le recordaba a su pueblo en el Rif: la montaña cercana, el olor del tomillo seco o la costumbre de saludarse al pasar como si no hubiera prisa. “Los lugares buenos se reconocen por los silencios que no duelen”, solía
murmurar.
Durante años, cuando sus fuertes brazos y su espalda erguida se lo permitieron, Rahma trabajó en una panadería de la Plaza Mayor. Amasaba desde antes de que clareara el día, mientras en la radio sonaban coplas antiguas y los trenes hacia Madrid dejaban su resuello en la niebla. Aprendió a entender el idioma del pan: cuándo la masa pedía paciencia, cuándo calor, cuándo manos. “El pan no se hace con harina”, le había dicho un viejo panadero de su pueblo natal, “se hace con alma”. Y allí, entre harinas y hornos, encontró la suya. El pan la convirtió en un hilo invisible del pueblo. Las vecinas la conocían por su delantal azul y su sonrisa curtida por el vapor del horno. A veces, mientras servía rosquillas o pan candeal, alguien le preguntaba por Marruecos; ella hablaba poco, pero cuando lo hacía, lo hacía con la dulzura de quien recuerda un sueño que ya no duele. Hablaba sobre el zoco al que acudía cada domingo, sobre las fuentes a las que iba a recoger agua fresca cada mañana, el olor del comino recién molido, el sonido de los rezos al caer la noche y lo ruidosas que se tornaban las calles a esa hora cada Ramadán. Y cuando la dulzaina y el tamboril sonaban en las fiestas de San Ildefonso, Rahma decía que aquella música, tan ajena, tenía algo de los cantos antiguos que escuchaba de niña en las colinas. “El alma entiende sin traducción”, decía, y se quedaba mirando los bailes del Rondón
como si observara a su propia memoria girar entre pañuelos y risas.
Había pasado ya mucho tiempo desde que cerró la panadería. Los hijos de Rahma crecieron, se fueron a Madrid, a la metrópoli, y ella decidió quedarse en el pueblo porque, como le explicaba a todo aquel que le preguntaba por qué no regresaba a Marruecos, “las raíces no siempre están donde se nace, sino donde el corazón aprende a descansar”.
De tanto mirar las montañas, Rahma empezó a ver en ellas cosas que los demás no veían: la curva del pico de la Cobañera le recordaba el perfil de Jebel Musa, el monte que asoma frente al Estrecho; el rumor del viento entre los pinos tenía el mismo tono que el siroco cuando bajaba de las dunas y a veces creía escuchar como las tierras se hablaban entre sí, atravesando las cordilleras.
Cada tarde bajaba hasta el camino que lleva al yacimiento romano de Miaccum. Le gustaba sentarse en una piedra junto al sendero y mirar las ruinas.
—Aquí también hubo viajeros —le dijo una vez al nieto de su vecina, un niño curioso que la acompañaba mientras esperaba a que su abuela terminase sus quehaceres—. Venían de Roma con sus animales a descansar, dejaban su huella y seguían su camino.
El niño la miró con asombro.
—¿Tú también viniste de tan lejos, tata Rahma?
—Bueno, no tanto como algunos piensan —le sonrió.
A veces, mientras hablaba con los vecinos más veteranos, descubría coincidencias insólitas.
En algunas zonas de Marruecos, las fiestas de primavera también celebraban la fertilidad de la tierra: allí colgaban telas de colores, aquí celebraban una romería en el Prado de La Dehesilla, con guisos de patatas y canciones. Ella se reía: “Solo cambia la lengua, no el
hambre del alma por celebrar que seguimos vivos”. Así fue encontrando espejos entre un país y otro: el pan redondo de su infancia y las tortas castellanas; el olor a jazmín y el de la retama en flor; las mujeres cantando mientras preparaban dulces antes de la fiesta, unas con panderetas, otras con cacerolas golpeadas al compás. Incluso en la nostalgia había semejanzas.
“Todos tenemos un mar que nos separa y un recuerdo que nos une”, escribía en su cuaderno de tapas gastadas, con una caligrafía temblorosa y una ortografía alejada de la perfección.
En el invierno de sus ochenta años, la médico del pueblo le recomendó caminar más despacio. Pero Rahma seguía recorriendo las calles como si cada paso fuera una plegaria. En las mañanas frías, abría las contraventanas de su casa, una vivienda baja, con geranios en las macetas, y encendía el brasero. Luego salía a dar una vuelta por el pueblo, saludando a cada vecina por su nombre.
Una mañana de enero, antes de la misa de la Virgen de la Paz, Rahma decidió preparar pan para llevar a la iglesia. Mezcló harina, agua, sal y levadura. Mientras amasaba, recordó las manos de su madre, las oraciones murmuradas antes de encender el horno de barro. “Bismillah”, dijo, y cruzó los dedos sobre la masa para que el pan no se agrietara. El horno eléctrico nunca olía igual, pero el gesto tenía el mismo sentido que antaño: alimentar, bendecir y agradecer. Esa tarde, en la plaza del Ayuntamiento, los vecinos bailaban el Rondón, y ella se unió por un momento, alzando un pañuelo blanco. Una vecina le dijo entre risas: “¡Rahma, te mueves mejor que nosotros!” Y ella respondió: “Es que una no se cansa cuando baila agradecida”.
Aquel invierno trajo más nieve de la habitual. Las montañas se cerraron en silencio, y el tren se veía apenas entre la neblina. En el aire quieto, creyó oír voces antiguas. No eran imaginaciones pues los pueblos, cuando envejecen, también hablan. Recordó cuando los niños de la escuela la invitaron a contar su historia y cómo les habló del mar, de las palabras que cambian de forma pero no de sentido y de cómo el pan, en Marruecos o en España, siempre necesita las mismas manos. Una maestra le dijo al final: “Rahma, usted ha traído un trozo de memoria que nos faltaba”. Esa noche lloró al llegar a casa. No por tristeza, sino por haber comprendido que su historia también era parte del pueblo.
A veces visitaba el mirador, desde allí veía los tejados de Collado Mediano extendidos como un manto de arcilla. En los días claros, el horizonte brillaba hasta perderse en Guadarrama. Un día, mientras observaba, pasó a su lado Victoria, una de las chicas que trabajaba en la
biblioteca. Se conocían porque Rahma solía ir allí a leer para reforzar su castellano.
—Rahma, ¿qué mira tan atenta? —preguntó sonriendo.
—No miro, huelo – respondió ella—. Hoy huele a pan y a tierra mojada.
Victoria la miró con ternura.
—Si algún día escribiera un libro, me gustaría contar su historia completa.
Rahma rió despacio.
—No hace falta escribirla. Ya está aquí, en cada piedra. Las historias que se cuentan
solas son las que no mueren.
En agosto, cuando el calor de la sierra subía desde el valle, Rahma solía sentarse bajo los álamos del camino viejo de los Molinos. Cerraba los ojos y dejaba que el viento le ondeara el hijab. Una tarde la encontró allí un vecino, Julián, que había trabajado con ella en la panadería.
—Siempre aquí, Rahma, mirando hacia las montañas.
—Es que desde aquí las pienso mejor —respondió ella.
Julián se sentó a su lado y, tras un silencio, le dijo:
—¿Sabes? Cuando te fuiste de la panadería, el pan ya no olía igual.
Ella se rió.
—El pan siempre huele bien para quien tiene hambre, Julián.
Llegó el otoño una vez más. En la escuela los niños volvían a pintar hojas y en los huertos la tierra se llenaba de sombras húmedas. Rahma supo que su tiempo se agotaba, no porque caminase más lento, sino porque los días empezaban a tener el sabor de lo que se despide en paz. Dejó su bastón apoyado en la pared y bajó al yacimiento de Miaccum una última vez. Sentada entre las piedras, respiró hondo. Recordó que allí los romanos habían descansado, que los segovianos cruzaron después, que generaciones enteras habían dejado su paso marcado. Pensó en sus hijos, en los hijos que quedarían del pueblo, en las manos que aún amasarían pan o tocarían el tamboril en las fiestas. Pensó en la vida y sonrió.
“También yo seré camino”, dijo hacia la nada.
El sol cayó despacio, tiñendo las piedras de un dorado antiguo. Rahma creyó ver su sombra fundirse con las del pasado, como si el lugar la reconociera al fin.
Días después, cuando el silencio invadió la pequeña casa de la calle Real, los vecinos supieron que Rahma se había dormido para siempre. En la mesa, encontraron un cuaderno abierto y un pan redondo envuelto en un paño bordado. En la página a la vista, su letra
temblorosa decía:
“Fui semilla que el viento llevó consigo,
guardo el eco del sol que me vio nacer.
En otra tierra hallé mi abrigo,
y en su lluvia aprendí a florecer.”
Desde entonces, en las fiestas de San Ildefonso, en la panadería del pueblo preparan un pan especial con hilos de anís y miel. Lo llaman “el pan de Rahma” y dicen que su aroma llena la plaza como una bendición, pues “Rahma” significa misericordia.
*La imagen de portada corresponde al cuadro Tetuán, de Eduardo Flórez Ibáñez, conservado en el Museo Carmen Thyssen de Málaga.
