Escrito por Julio Martínez Cava, investigador social y activista. Su trabajo se centra en la historia del pensamiento político republicano y socialista. Es miembro de la revista online Sin Permiso.
Los partidos políticos son una de las instituciones más desacreditadas en nuestra sociedad. Se los asocia con las corruptelas y los amiguismos, los privilegios salariales inmerecidos, las discusiones impostadas en sede parlamentaria, la ineficacia o el bloqueo de las soluciones a los problemas que la gente percibe como los más importantes (vivienda, situación económica, la calidad del empleo… ¡o los propios partidos políticos!).
Esto plantea un reto de envergadura para los movimientos emancipatorios, porque los partidos siguen siendo una de las herramientas esenciales para la creación de la voluntad colectiva y uno de los mediadores cruciales entre la soberanía popular –que no se reduce a los momentos electorales– y la representación parlamentaria. No hemos inventado una institución que los reemplace y tan solo las derivas más ingenuas o malintencionadas de la anti-política pueden soñar con su desaparición.
Pero los partidos no siempre fueron vistos como un problema por la gente de a pie. Un vistazo rápido a la historia nos puede ayudar a comprender cómo incluso lo contrario fue cierto.
El pasado no está muerto: los legados de las tradiciones políticas
Los partidos de izquierdas actuales son herederos de una larga tradición política, la de la democracia moderna. En particular, de las formas que adoptó esta en las corrientes del republicanismo y el socialismo democráticos. De hecho, como explicaba Franz Neumann, fueron el movimiento obrero y el socialismo los que inventaron lo que hoy conocemos como partido político de masas. Antes de ello, y desde la creación de los primeros parlamentos elegidos por sufragio censitario, los partidos consistieron en algo parecido a lo que hoy llamamos agrupaciones de electores: personas política o económicamente poderosas movilizaban (a menudo, manipulaban o sobornaban) a sus electorados locales para ser electas como diputadas. A finales del siglo XIX, sin embargo, la irrupción de las clases populares organizadas en la escena política dio a luz a esta curiosa criatura: organizaciones políticas con miles, cientos de miles y hasta millones de afiliados, sostenidas por estructuras organizativas complejas con liberados que engrasaban su funcionamiento, volcadas en organizar incontables actividades que se autofinanciaban con la acumulación de las (pequeñas) cuotas que podían permitirse sus miembros y que poco a poco consiguieron ir colocando a personas de clase obrera en los parlamentos. Su éxito fue descomunal y una vez que irrumpieron en la historia, el resto de las fuerzas políticas se vieron obligadas a adaptarse y bajar al barro de la política de masas.
Pero para las clases populares de esta época, el partido era una herramienta más entre otras que ponían a su servicio. Sindicatos, cooperativas, ateneos y casas del pueblo, bibliotecas, empresas de crédito, centros sanitarios o universidades populares formaron el poderoso entramado con el que se fueron conquistando reformas y revoluciones a lo largo de los siglos XIX y XX.
En ese entramado popular, los partidos representaban una institución muy especial, porque suponían delegar grandes dosis de poder a pocas personas. La herencia republicana en los movimientos democráticos se hizo sentir con fuerza aquí. Si la obsesión del republicanismo es la libertad, y con ella, el control y la dispersión del poder (público y privado), la propia forma partido no podía escapar del razonamiento: el peligro de una excesiva concentración de poder que lleve a situaciones de despotismo o dominación está siempre presente en nuestras propias organizaciones. Así que no sólo la forma del partido de masas, también la idea de la democracia interna es uno de los legados imprescindibles que debemos a las organizaciones pioneras que abrieron senda antes que nosotros.
Por otro lado, los partidos de masas no trataban de adaptarse a lo que ya pensara la gente para conseguir votos como fuera, sino que buscaron equipar intelectual y culturalmente a los humildes para atraerlos a los ideales que defendían. Se entendieron como “escuelas de ciudadanía”, que tanto disputaban la batalla por la opinión pública como formaban cuadros que a su vez formarían cuadros, etc. De Rosa Luxemburgo aprendimos que la organicidad bien articulada y la democracia interna no son ideas de las que las clases subordinadas podamos prescindir. Porque aunque las élites necesiten las organizaciones de masas para conseguir votos y colocar sus agendas, en realidad ellas se pueden permitir la falta de democracia interna. Al fin y al cabo, aprenden a convertirse en dirigentes en sus propios círculos: en la educación privilegiada que reciben, en los contactos clave que reciben de sus familias, en los circuitos de socialización o los puestos directivos que ocupan en el mundo laboral. Todo su mundo las encamina a reproducir sus privilegios, a caminar con seguridad por el mundo, a considerar que las instituciones públicas o la política son su patrimonio exclusivo. Las clases populares no podemos permitirnos ese lujo: luchamos en un tablero trucado, bregamos con menos recursos y facilidades. Por eso nuestras asociaciones son la escuela en la que nos formamos políticamente, el lugar donde experimentamos y aprendemos las herramientas del autogobierno.
¿Pero cómo se podía poner un ideal tan ambicioso en práctica? ¿Se trataría de elegir a los mejores de los nuestros, quizás? La teoría republicana del poder que permeaba a estos movimientos desconfía siempre de los enfoques puramente morales, como si bastase simplemente con elegir a las “mejores personas” o a “los nuestros”. Por eso pone el foco en las instituciones, en qué tipos de incentivos crean determinadas formas organizativas para hacer que algunos comportamientos sean más probables que otros. De aquí que, todavía hoy, asociemos la democracia interna con mecanismos concretos como la elección democrática de los cargos de dirección; la limitación de mandatos y salario; los mecanismos de rendición de cuentas o de revocación de cargos; las iniciativas “legislativas” de abajo-arriba o las formas de consulta a las bases; el reconocimiento estatutario de la diferencia interna como derecho de tendencia (que no de facción) o el ideal de la descentralización entre la dirección y las agrupaciones regionales y locales. Sobra decir que diseños institucionales como estos son condición necesaria pero no suficiente de su propio cumplimiento: los mejores estatutos de un partido no funcionarían sin una cultura política que pueda hacerlos propios, verlos como deseables y motivar su aplicación.
Aunque estos principios sigan siendo tan válidos hoy como cuando se enunciaron, las reglas del juego han cambiado mucho desde entonces. En algún momento de la segunda mitad del siglo XX los entramados de instituciones populares comenzaron a perder fuelle en Europa, en una mezcla de incapacidad para renovarse con un excesivo afán por hacerlo demasiado rápido (funesta combinación que acabó convirtiendo a muchos partidos de masas en organizaciones atrapalotodo, máquinas electoralistas que poco a poco fueron quedando integradas en los aparatos del Estado sin capacidad para transformarlos).
El asedio inclemente que supuso la ofensiva de los poderosos desde los 70s debilitó aún más el potencial transformador de las organizaciones populares, como también lo hizo la centralidad que adquirió la socialización política mediante la televisión (o las redes sociales hoy día) que potenciaban una inmediatez y unos hiperliderazgos difícilmente controlables desde la base, o incluso desde la propia dirección del partido (la frase atribuida a Alfonso Guerra en 1979 –“prefiero 10 minutos de televisión que 10.000 activistas”– condensa el cambio de fase). Y las tendencias no han hecho más que exacerbarse: los partidos de izquierdas actuales se han visto obligados a navegar en condiciones de ansiedad permanente, presionados para priorizar la comunicación política por encima de cualquier otro aspecto de su vida interna. Pero la estrategia de fagocitar la vida de un partido en la inmediatez del mundo comunicativo y la confianza en los hiperliderazgos –estrategia seguida en muchos países– ha fracasado como vía de acceso al poder y como palanca de una transformación social más amplia. Ningún agente político que analice con frialdad sus opciones ahora puede prescindir de la tensión entre los tiempos lentos de la construcción orgánica y los tiempos acelerados de la política mediática.
Además, por si fueran pocos los desafíos, no deberíamos romantizar el pasado desde una nostalgia paralizante. La propia tradición socialista que vio nacer el partido de masas a menudo olvidó sus ideales, aparcó los mecanismos de control de poder, e incluso de ella provienen algunas de las formas más tiránicas de organización política. Cada uno, con sus miserias y sus grandezas. Pero en vez de impugnar nuestro pasado como un legado completamente obsoleto (como parecen proponernos algunos adalides de una novedad sacralizada), quizás nos pueda ser más útil distinguir entre la validez de unos principios normativos y su incumplimiento en la práctica, y plantearnos el reto de buscar nuevas formas por las que podamos incorporar los primeros sin incurrir en lo segundo.
Reinventar la forma partido contra viento y marea
El último ciclo político, en el que las fuerzas progresistas llevábamos la voz cantante (2011-2019?), nos ofrece una ocasión idónea para reflexionar sobre todo esto. Porque entonces nos propusimos, entre otros muchos objetivos, la tarea de repensar nuevas maneras de crear y habitar los partidos.
No creo equivocarme al decir que, más pronto que tarde, acabamos creando una cultura organizativa que podríamos catalogar como “hiperrealismo político”. En política, uno puede pecar de dos extremos. Puede ser tan utópico el planteamiento del futuro al que se quiere llegar que no se consigue encontrar en el presente las bases con la que se llegaría hasta allí (germen de tantos moralismos izquierdistas). O puede pasarle lo contrario, que por no querer caer en la inocencia de un deseo autosatisfecho pero ineficaz, se acaben por rendir los principios y las ideas que te definen como un proyecto diferenciado y transformador (vicio más habitual y grave que el anterior, muy característico de una impotencia política pocas veces confesada). En lo que respecta a las culturas organizativas, pareció que diéramos pasos hacia atrás a una velocidad agigantada y renunciamos pronto a los mismos principios cuya aplicación defendíamos en otros ámbitos.
Esto se expresó especialmente en tres fenómenos:
- Los conflictos internos, que siempre han sido parte de todas las organizaciones humanas, con mayor intensidad cuanto más recursos dispusiesen aquellas (liberaciones, cargos públicos, exposición mediática, etc.). Pero en nuestras organizaciones alcanzaron un nivel de sadismo inédito, a menudo cobijado bajo el cansino chantaje de la urgencia (“ahora no toca, vivimos un momento histórico”) y espoleado por modelos de disputa interna basados en el winner-takes-all. Especialmente los portavoces o dirigentes, que tenían la capacidad para ello, podían escalar los conflictos internos hasta límites intolerables cuando un sentido compartido de objetivos comunes y disciplina hubieran podido rebajar las tensiones. Ante un escenario como este no debería sorprendernos que la pluralidad fuera considerada un bache y no una riqueza, y que las minorías se vieran más invitadas a marchar que a defender sus posiciones.
- Las ambiciones individuales. Toda organización política eficaz debe poder ensamblar las aspiraciones de crecimiento personal con los objetivos colectivos, la cuestión es que esos intereses individuales solo tienen legitimidad en un espacio compartido en la medida en la que contribuyen al desarrollo de aquellos. Yo puedo respetar que tú tengas la ambición personal de ser diputado, o de querer coordinar mi partido, o de hacerte famoso en redes si y solo si la subordinas al bien común de nuestra organización. Pero, como ocurre en cualquier proyecto, cuando se debilita la organicidad interna o el proyecto político flaquea, las carreras individuales se disparan. No es casualidad que sea en los inicios de un ciclo político conservador en el que remamos a la contra que estemos asistiendo con frustración a las disputas entre dirigentes de partidos por poner los recursos del partido a su servicio personal. El sentido de pertenencia a una tradición larga estaba antes de que nosotros llegásemos y que seguirá estando después podría ayudar a amortiguar esa tensión. El fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse lo tenía muy claro: “para los cargos públicos, elegid a los mejores y más capacitados y vigiladlos como si fuesen canallas. Cuando un compañero se postula para un cargo sin que lo promuevan las bases, es motivo suficiente para no elegirlo«.
- El patriotismo de partido. Pareciera como si militar en un partido implicara una cierta tendencia al dogmatismo respecto a su línea política. Nos volvemos más competitivos con todo lo que no somos nosotros, se pierde la generosidad y con ella la conexión con otros movimientos. Solo a contracorriente se rema por la construcción de alianzas rebeldes y amplias. Pero nuestro presente no tolerará más estos errores: o los partidos se entienden al servicio de un movimiento que va más allá de sí mismos, y al que se deben en último término, o seguiremos empantanados en unas condiciones pésimas para remontar el ciclo conservador que no ha hecho más que empezar.
Para mí todo esto fue algo muy chocante y de lo que creo que, todavía hoy, no hablamos lo suficiente. El frenesí del sadismo partidista se expresa con mayor o menor intensidad, desde lo que a veces llamábamos entre entristecidos y socarrones la “trituradora de carne humana” hasta aquellos espacios más civilizados, donde aun así el nivel de hostilidad entre compañeras terminó por quemar a tantas personas talentosas que se habían acercado por primera vez a la política institucional.
Incluso aquellas personas que más cordura moral mostraban entre nosotros terminaban por comportarse despóticamente con sus socios cuando se las investía durante periodos largos de tiempo de responsabilidades altas (contamos con los dedos de una mano a las que no lo hacen). En los movimientos sociales, en los puestos de trabajo, en cualquier organización humana existen estos riesgos, pero la intensidad que adquieren en los partidos es un problema al que todavía no hemos sabido dar respuesta.
Reflexionar de forma autocrítica sobre el ciclo anterior no debería congelarnos, desmotivarnos o enzarzarnos en duelos de puñales y resentimientos. A fin de cuentas, nadie nace sabiendo y no existen victorias sin riesgos. Quizás podamos partir de una posición de humildad, asumir que nadie aparecerá con la receta mágica, y que nos tocará experimentar una y otra vez hasta tocar con las teclas acertadas.
Los momentos de retroceso también pueden aprovecharse para pensar la siguiente ofensiva. Poco después de la derrota de la ola revolucionaria de 1848 que sacudió toda Europa, Marx y Engels les dijeron a unas agrupaciones de obreros “tenéis que sostener quince, veinte, cincuenta años de luchas sociales, no solo para cambiar las condiciones sociales, sino para transformaros vosotros mismos y haceros dignos del poder”. ¿Seremos capaces de cumplir nuestra promesa y reinventar culturas organizativas que nos hagan dignos del poder?
[Aprovecho para agradecer los generosos comentarios de Jorge Sola y Rodrigo Amírola sobre un borrador previo que me ayudaron a mejorar algunos puntos del artículo]
