Escrito por Hugo Díez Santaolalla, ganador de la Categoría General del concurso Tras las huellas de la comarca.
Una suave brisa acariciaba los roquedos. Esos que no saben bien si se encuentran en la sierra de Guadarrama o en la de Malagón. De vez en cuando, el sonido de un autillo acallaba el concierto de los grillos. El ambiente era el de una tranquila noche de verano de luna llena.
Juan Plaza oteaba el horizonte, como si la claridad que proporcionaba la luna le permitiera distinguir todas las formas del relieve. Su rostro mostraba serenidad, pero se le dibujaba una sonrisa pícara mientras sus ojillos permanecían clavados en el collado del Hornillo. Apenas se veían ya las lumbres que llevaban encendidas desde el anochecer. El titileo de las brasas anunciaba que los carreteros debían de estar durmiendo, cansados después de la jornada de trabajo y de viaje. Juan se recostó sobre la peña desde la que aguardaba el regreso de Leandro, quien hacía ya un buen rato había descendido para echar un vistazo. Siempre prefería saber a qué se enfrentaban antes de tomar cualquier decisión, sobre todo ahora que los rumores que corrían por la sierra no le agradaban. Había oído que vecinos de Guadarrama y de Peguerinos advertían a peregrinos y caminantes que se atrevían a cruzar el alto de El León sobre la presencia de salteadores que, según decían, merodeaban por aquellos pasos. Sin embargo, siempre había personas osadas a las que no les importaba pernoctar en la montaña o que preferían no alimentar el negocio de las fondas a lo largo de la calzada real. A los pies de Juan, apoyados en las rocas, siete bandoleros descansaban con esa calma que
suele anteceder a la tormenta. Solamente el joven Benito parecía nervioso y buscaba algo de seguridad en los ojos de Juan. Habían recogido al muchacho en el valle de Cuelgamuros un par de semanas antes mientras le seguían la pista a un venado. Al parecer, había huido de su padre, uno de los pocos ganaderos de Guadarrama que subían en verano a La Jarosa con sus vacas para acampar en las ruinas de lo que fue la Herrería del Berrueco. Este le había molido a palos por haber perdido varios terneros y ya cansado del trabajo duro y la falta de cariño, se había escondido en la densidad del pinar. A Juan, Benito le recordaba a su hijo quien debía de tener la misma edad cuando comenzaron las correrías contra los franceses. También le miraba con esa mezcla de admiración y respeto. Recordaba aquellos años como si hubiera sido ayer…
Al pueblo había llegado la noticia de que Napoleón podría aparecer con su ejército desde Madrid en busca de las tropas inglesas que se encontraban en Castilla. Pero lo que nadie se esperaba es que aparecieran durante uno de los temporales más crudos de los últimos inviernos, cuando ni los más toscos espinariegos se habían atrevido a salir del pueblo. El emperador y sus tropas descendieron desde el puerto de El León entre la ventisca, arrastrando los pies y sin fuerzas para empujar los cañones. El mismísimo Napoleón apenas se podía sostener sobre su montura, la cual caminaba exhausta. Aunque no se había preparado ningún recibimiento para los recién llegados, todo el pueblo se volcó en dar hospitalidad y acoger a los necesitados. Los franceses parecieron recuperarse rápidamente y celebraron el haber cruzado el puerto como si hubiera sido una victoria bélica. Buscaron entrar en calor con el alcohol, olvidando todos sus males y agotando las provisiones de comida y leña que tenían preparadas en El Espinar para celebrar la navidad y pasar la invernada. Después de ese día y aunque el ejército con el emperador se hubiera marchado, comenzaron las hostilidades contra los galos. Estas culminaron con el derramamiento de sangre cuatro años después, cuando llegó a la sierra la noticia de su derrota en Arapiles. La pólvora se había encendido por toda España y no había forma de contener a un pueblo que organizaba motines en cualquier lugar donde hubiera sido herido su orgullo. Juan, junto con otros vecinos del pueblo y su propio hijo, emboscaron en collados y caminos a tantos franceses como encontraron a su paso. Su navaja sesgó muchas vidas en su propia guerrilla por la independencia y eso le supuso liderar a su hijo hacia la muerte. Un precio muy alto que, sin embargo, ahora le permitía conocer la sierra como nadie tras haber encontrado tantos escondites siendo perseguidor y perseguido.
Después de aquella tragedia y una vez se acabaron las incursiones contra los franceses con la llegada de Fernando VII, Juan no quiso regresar al pueblo y decidió seguir viviendo en el bosque sumido en la tristeza de su pérdida. Al contrario que su hijo, Benito no se había unido a su grupo por venganza de los franceses o por admiración a un padre, sino por no tener nada a lo que aferrarse. El tiempo demostraría la madera de la que estaba hecho el chaval porque las exigencias de vivir en una banda así no estaban al alcance de todos. Los jadeos de Leandro sacaron a Juan de sus pensamientos y a Benito le hicieron estremecerse al intuir que el momento había llegado. El resto de los miembros de la banda abrieron un ojo perezosamente. No cualquiera podía subir corriendo hasta Cueva Valiente, pero Leandro, proveniente de gabarreros de Cercedilla, tenía uno de los mejores físicos en el grupo y subía las pendientes como si fuera un jabato.
—Señor Plaza, las hogueras son de dos familias de carreteros que ahora duermen como corderitos. Deben venir directamente desde Las Navas porque no parece que nadie en Peguerinos les haya avisado que andamos por aquí. No tienen perros y sus bueyes pastan tranquilamente sin el peso de los carros. Esas carretas merecen una ojeada, ¿no cree su merced?
Sin responderle directamente, Juan Plaza, que ya se había levantado, estiró la espalda, se ajustó la navaja, recogió el morral y al ver que el resto de los bandoleros holgazaneaba, les dirigió una mirada que habría asustado hasta al mismísimo diablo.
—Vamos perros, todo el mundo en pie. No seáis estafermos. Parece que esta noche el trabajo va a ser fácil. Espero que estos arrieros vengan de lejos con jugosas mercancías y no porque estén huyendo del hambre.
Los siete bandidos se pusieron en pie junto a Juan Plaza y Leandro. Menos Benito, todos se relamían como si ya hubieran obtenido su botín. De pronto, un disparo sonó no muy lejos. Los autillos y grillos enmudecieron y Juan empezó a maldecir.
—¡Impertinentes ganapanes! Pero ¿habráse visto? No solo habrán despertado a los carreteros, sino que habrán puesto en pie a todo Peguerinos. Me apuesto un real a que ese disparo venía del valle de Enmedio. Para mí que unos furtivos andan detrás de algún corzo ya que ahora están embobados después del celo… no tenían los desgraciados otro momento para apretar el gatillo que antes de nuestra incursión.
—¿Qué hacemos señor? ¿Mantenemos nuestro plan? —Preguntó Leandro que ya había recuperado el aliento tras la carrera. Le preocupaba que Juan volviera a mandarle a echar otro vistazo a lo que, a esas alturas, no serían más que brasas en el campamento de los arrieros.
—Espero que al menos hayan abatido la pieza y no continúen soltando truenos durante la noche. Bajemos al Hornillo a echarle un vistazo a esas carretas. Dividámonos para que unos corten el camino por si les diera por huir hacia Gudillos y otros corten la ruta hacia Peguerinos por si quisieran regresar sobre sus pasos.
El grupo de forajidos comenzó a descender de Cueva Valiente. Iban envueltos en sus mantas. Tanto para estar escondidos hasta de la luna, como para mitigar el frescor de la noche que incluso en el verano de la sierra le hace a uno agradecer abrigo. Apenas habían avanzado
unos pasos cuando se repitió el disparo y de nuevo el bosque se quedó en silencio. Todos permanecieron inmóviles, pendientes de una señal o indicación de Juan. Aún no habían entrado en el bosque y se encontraban en los pastizales y roquedos que coronan las peñas y montañas de la zona. Gracias a ello pudieron distinguir, en la lejanía, cómo se avivaban las brasas en el collado. Los carreteros obviamente se habían despertado y desconfiados, estaban volviendo a la actividad para vigilar a el campamento. No hizo falta que Juan hablase para que todos adivinaran los deseos de muerte que le profería al dueño de la escopeta. Una cosa era hacer un asalto sigiloso e inesperado y otra diferente confrontar a un grupo prevenido, sobre todo cuando este estaba formado por familias en las que podía haber mujeres, jóvenes y ancianos. Juan Plaza no tenía ningún tipo de escrúpulos a la hora de saquear, pero nunca entraba en sus planes usar las armas cuando no había solo hombres.
—Volvamos a Cueva Valiente, hoy no es nuestra noche. Podéis ir a descansar a la cueva. Yo permaneceré un rato más en la peña y no quiera Dios que encontremos mañana a los furtivos porque nos la van a pagar cara.
Los bandoleros volvieron sobre sus pasos, refunfuñaban por haberse perdido la excitación y los beneficios que les proporcionaba su dedicación. Benito se sentía algo más ligero tras el alivio de no tener que participar en ningún saqueo y ya pensaba en conciliar el sueño. Mientras su grupo se perdía entre las rocas, Juan escalaba de nuevo la peña para sentarse en uno de los pilancones que deja la lluvia en el granito. Desde ahí se vislumbraban todas las montañas y valles, iluminados esa noche por el haz blanquecino de la luna. Hacia el noreste se podía ver la silueta de la Sierra del Quintanar y con esa luz mágica, a Juan se le encogía el corazón. La forma perfecta de una mujer yaciendo le recordaba a su esposa, que no tuvo la suerte de conocer a su hijo. Con esa sierra, su imaginación le permitía pensar que quizá su mujer no estuviera muerta, sino simplemente tendida, descansando, con las manos sobre el pecho y una peonía entre los dedos, como las que él solía regalarle a finales de primavera. Ella era hija de gabarreros de El Espinar, una mujer alegre y fuerte, con el pelo rizado y unos ojos verdes como las acículas del pino. Solían ir a pasear juntos a la garganta del río Moros, donde también acudía el padre de ella a cortar madera y le ayudaban a cargar los troncos en el burro. A veces incluso, ascendían hasta Tablada donde se encontraban con Leandro, quién no tenía problema en desplazarse desde su pueblo para ver a su prima. Pero a la gente de Guadarrama no les gustaba verlos por allí. Los árboles y las vacas quizás respetasen los muros de piedra que delimitaban los municipios, pero los corzos y jabalíes cruzaban a su libre albedrío generando una disputa entre pueblos por acusar a los otros de robarles sus piezas de caza. Para defender su honor, a Juan no le importaba enzarzarse en una disputa por absurda que fuese. Pero cuando caminaba junto a su esposa, simplemente no sentía el impulso de meterse en peleas. Ir de su mano le bastaba para disfrutar del paseo, silbar a los carboneros y herrerillos, e incluso saludar a los guadarrameños cuando cruzaban el puerto para visitar a Leandro. Su fallecimiento al dar a luz fue la experiencia más dolorosa que Juan había conocido, y con ella pareció desvanecerse todo el cariño que le quedaba en el alma. Juan dejó a su hijo con el abuelo, a quien pidió el burro para transportar el cadáver y se internó en la garganta del río Moros. Era junio y durante un mes no se tuvieron noticias suyas. Ni los cazadores ni los gabarreros que acudían al valle encontraron su rastro.
Ese mes, Juan deambuló por la sierra, acariciando cada pino y leyendo los líquenes de cada roca. Con Juan, los lobos en el Pasapán no sintieron temor al ser humano, le vieron como a uno más y aullaron con tristeza su pérdida. Enterró a su mujer en la Pinareja, coronando la sierra del Quintanar para que pudiese ver a sus pies toda la localidad y disfrutase de su hijo creciendo en ella. Cuando Juan regresó a El Espinar apenas le reconocieron, estaba escuálido y con unos ojos de haber atravesado el infierno. Ese verano el río Moros tuvo más caudal que de costumbre y los arroyos estacionales que le dan agua y se suelen secar durante el estío permanecieron llenos. Todos los vecinos murmuraban que eran las lágrimas de Juan, que durante el mes que había estado desaparecido había llorado tanto que las turberas del Quintanar se habían encharcado.
La gente del pueblo sabía de los saqueos y de la fama de bandido que se había forjado Juan Plaza, pero no le juzgaban por ello. Tras perder a toda su familia y con la dura vida que había llevado, podían entender que hubiera querido separarse de la sociedad. Además, siempre había respetado a las gentes del entorno e independientemente de los pillajes a viajeros que realizase, también se ocupaba de vigilar la sierra. Los vecinos podían imaginar que estaba en Cueva Valiente o en sus riscos aledaños, pero tampoco les importaba y desde luego no se lo iban a confesar a la guardia de caminos. Lo que no sabían los vecinos, es que Juan no se subía a su peña solamente para vigilar los caminos y controlar los pasos, sino que también lo hacía porque era el mejor punto para estar a la altura de la Mujer Muerta y mirarle a los ojos a la Pinareja. Desde allí, en noches de luna llena como en la que se encontraba, podía hablar con su esposa de tú a tú y olvidar por un momento todo el espanto y toda la sangre que tenía en sus manos.
Juan Plaza, el bandido de El Espinar, susurró y se levantó dispuesto a dirigirse a la cueva. Otro disparo sonó en el valle de Enmedio, pero ya no le dio mayor importancia. Al día siguiente averiguarían quienes habían estado merodeando por la zona. Nadie podía pasar inadvertido ante sus ojos por su sierra.
*La imagen de portada es Bandoleros, cuadro de Eugenio Lucas Velázquez, de 1860 y conservado en el Museo Nacional Del Prado.
