Un calor que deja huella. De la crisis climática a la crisis de salud

Por Héctor Tejero, biotecnólogo y responsable del Observatorio de Salud y Cambio Climático del Ministerio de Sanidad.

 

El año con las temperaturas más altas desde que se tienen registros fue 2023. Los científicos estiman que fue el más cálido en 120.000 años. 2024 probablemente lo supere. Hablar de cambio climático implica hablar de cosas extraordinarias. Ahí va otra: nunca, ningún ser humano había vivido rodeado de una atmósfera con una concentración de CO2 (el principal gas de efecto invernadero y responsable del calentamiento global) tan alta como la actual. Hace años, muchos pensaban que el cambio climático era una cosa lejana y futura, ya no. Ahora todos tenemos una experiencia reciente y personal de lo que implica vivir en un planeta climáticamente más hostil: una noche sin dormir por el calor, manga corta en enero, incendios como nunca se habían visto, cortes de agua en el pueblo de tus padres…

Por si pudiera parecer poco, toda evidencia científica apunta en la misma dirección: el cambio climático perjudica seriamente a la salud. El cambio climático enferma y mata. El cambio climático es ya una crisis de salud pública. De hecho, La OMS reconoce la crisis climática como la mayor amenaza para la salud mundial del siglo XXI. El empeoramiento de la salud de las poblaciones y personas sometidas a los impactos climáticos tiene dos vías: 

En primer lugar, a través de una serie de impactos directos de los fenómenos meteorológicos más frecuentes y extremos: muertes asociadas a olas de calor (solo en 2023 hubo 3009 muertes atribuibles a las temperaturas en olas de calor en España, casi el triple que las muertes ocasionadas por accidente de tráfico), redistribución y amplificación de enfermedades transmitidas por vectores (zonas de la península ibérica donde pueda ser endémico el dengue o la malaria), temporadas de alergias más tempranas y duraderas, amplificación de los efectos de la contaminación y empeoramiento de la calidad del aire debido a los incendios y un posible deterioro de la salud mental global producto de un calor insoportable que no deja dormir y la posibilidad de un futuro aún más insoportable que nos quita el sueño, y los sueños. 

En segundo lugar, amplificando y empeorando todos los determinantes sociales y ambientales de la salud. Nuestra salud es el producto de una densa red causal en la que los hábitos individuales reflejan las formas de vida de poblaciones atravesadas por relaciones estructurales abigarradas de las que es muy difícil escapar: el género, la renta, la clase, los estudios, la raza. Nuestra salud depende también indirectamente de los recursos de una naturaleza en buen estado y, directamente, de nuestra capacidad de experimentarla de forma habitual. El empeoramiento de la crisis climática será un multiplicador de todas las condiciones sociales y ambientales que empeoran nuestra salud y que nos generan malestar. 

Como resultado, el cambio climático amenaza con provocar cientos de miles de muertes adicionales anuales que se concentrarán desproporcionadamente en las personas más vulnerables (ancianos y niños sobre todo) o con rentas más bajas. Por supuesto, tenemos que hacer todos los esfuerzos necesarios para evitar que la crisis climática vaya a más con una transformación ecológica que descarbonice la forma en que producimos y consumimos pero, mientras tanto, hemos de adaptarnos para protegernos de las consecuencias que ya no podemos evitar, pero sí atenuar​. 

En materia de salud, lo principal es evitar limitarse a una visión individualista de la adaptación centrada únicamente en los necesarios, pero insuficientes, cambios de hábitos (“hidrátate, protégete, refréscate”). Hemos de plantear la adaptación climática en salud en términos comunitarios y estructurales. 

La ola de calor de Chicago de 1995, en la que murieron 739 personas en cinco días, es una de las mejor documentadas de la historia, comprobando así que la distribución de las muertes fue un calco del mapa de pobreza en la ciudad. Pero además se pudo comprobar otra cosa: había un mayor índice de mortalidad en aquellos barrios donde había menos vida social, menos bibliotecas, menos comercios de toda la vida. Y, donde había vecinas que cuidaban de sus vecinas, hubo menos muertes. Y de eso tenemos que aprender también. Si en la pandemia decíamos que “nadie se salva solo”, hoy con la crisis climática podemos decir que “nadie se adapta solo”. Por eso, además de autoprotegernos adoptando hábitos saludables contra el calor tenemos el deber moral de hacernos cargo, de darlos a conocer y de preocuparnos y cuidar de los más vulnerables. 

Pero no basta sólo con comunidades más fuertes y más cuidadoras, necesitamos políticas públicas que preparen nuestras ciudades y municipios para lo que viene: para el calor sofocante en verano, para las olas de frío polar como Filomena (aunque sean menos que antes). Ciudades más habitables y saludables, con más zonas verdes y zonas peatonales. Casas más eficientes y que consuman menos, calientes en invierno y fresquitas en verano. Ciudades, barrios y pueblos que merezcan la pena ser habitados y vividos.